Buenos Aires esa ciudad que enamora



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In: Amor|General

27May2011


Muchas veces me preguntan si me iría a probar suerte a otro país o a algún lugar donde mi profesión/oficio sea mas reconocida o valorada; y mi respuesta es siempre NO!!!

Los porque son muchos, la familia porque me encanta pasar tiempo con ellos, los amigos, las costumbres, la sensación de saber que la vida es esta y prefiero un montón de pequeños buenos momentos a pasar por mucha adaptación y soledad lejos para lograr lo que se busca (que se busca?? Esa es otra pregunta para más adelante), pero entre los muchos porque hay uno que me encanta: es que como dice el tango, BUENOS AIRES TIENE ESE NO SE QUE…….. que no estoy dispuesta a abandonar.

En contra del parecer de muchos Porteños que lo único que quieren es huir de esta Ciudad yo me quiero quedar!

Y  hablando o pensando en quedarse o irse, hoy un amigo me manda esta nota de Clarín, de alguien que vino, decidió quedarse, y le gusta la locura de esta Ciudad (no creo que tanto como a mí) en todos sus sentidos…………..

Fotos: Eu Genio

Más perdida que actriz francesa en calles porteñas

29/04/11 – 02:40

Califica su llegada a la Ciudad como “una puerta abriéndose a lo desconocido”. Lo primero que aprendió a decir en castellano fueron las direcciones de sus casas. Y ya lleva seis en un año.

PorMORGANE AMALIA

Llegué a Buenos Aires sin saber muy bien adónde venía. Cuatro meses antes había pasado una semana en la ciudad y decidí venir a vivir acá. Argentina. Argentina sonaba bien. La sensualidad del “argen” en la boca seguido del toque rítmico “tina”. Argentina. Un misterio para mí. Atractivo. Desorientador. Una puerta abriéndose a lo desconocido.
Al principio no entendía nada. Tenía nociones de español, pensaba que iba a poder manejarme pero cuando una mujer en una tienda me preguntó “¿te lo shevas?”, mi cerebro empezó a buscar “shevar… shevar…”, en la duda dije que no, ella guardó el precioso objeto y me fui con las manos vacías. Shevar. Una de mis primeras palabras. Shuvia, shave, Shh shh shh, shegar. Sensación de que todos piden que se cashen, shamar, shorar, pero nadie lo hace. Al contrario, hablan muy fuerte. Mucha gente. Mucho ruido. Y no escucho mi ruido interior. Se pierde en la inmensidad de esta ciudad. Me gusta. Todo es nuevo, increíble.
El primer taxi:
Humberto Primo 1944.
¿A qué altura?
1944
Pero ¿qué calle cruza?
(…) ¿Qué?
Aprendí a decir la dirección de mis casas. Seis en un año. Recorrí toda la ciudad. Malabia y Güemes. Pueyrredón y Paraguay. Alberdi y Doblas. México y Estados Unidos, ¿son paralelas o no? Cruzando. Doblando. A tres cuadras. Me citan en Caning y Corrientes. Canin. Canning. No la encuentro. Con K quizás. No. Si no es ni con C ni con K, ¡¡¡con qué va Caning?!!!! ¿Y porque no aparece en la Guía T? Recorro las calles de la Ciudad. Me pierdo en Boedo, me mareo en el microcentro. Trato de reconocer algo. Estado de Israel y Palestina. Me río. Cada esquina parece otra. Pasa un burro con una carreta. Esta ciudad es loca.
Una pregunta, ¿la parada del 168?
¿El 168 o el ex 90?”
Empiezo a darme cuenta que acá todo es aventura. Y ¿dónde está la parada? Voy recorriendo la ciudad mirando hacia los árboles, los postes de metal buscando un cartel escondido que significara mi alivio, indicara la parada. No miro mis pies y piso una baldosa que me escupe. No conocía las veredas escupidoras. Cambian la caminata cuando shueve. Hay que caminar mirando tus pies, fijándote dónde vas a apoyarlos. Cada baldosa podría ser traicionera. Los colectivos son un mundo fantástico, los de ciertas líneas como la 168 o la 29 están siempre decorados. Al contrario, el 41 es aburrido, caños despejados sin ninguna personalidad.
Me encanta Buenos Aires, la sensación de que todo es posible. Es una ciudad surrealista, en la que todo puede ocurrir. Ponerse a hablar del simbolismo del cuerpo humano haciendo la cola para un trámite, saber todo de la mujer de al lado en el colectivo, explicar que Morgane fue una hechicera pagana que luchó para salvar su mundo… Viví unos meses en un edificio que tenía un ascensor que nunca marcaba el piso exacto. En Planta Baja indicaba el octavo. Llegando a mi piso marcaba el décimo, cuando ¡vivía en el sexto! Y todos los días cambiaba, nunca marcaba lo mismo. El primero podía ser un día el cuarto, otro día el séptimo. Un ascensor con problemas de personalidad, intentando saber quién era. O por ahí marcaba así su humor del día. Empecé a jugar, a querer adivinar, imaginarme una vida diferente según el piso donde vivía. Definitivamente el tercero era el mejor de todos. Cuando el portero habló de arreglarlo le dije que no quería. Que me gustaba así.
Esa locura de Buenos Aires me mantiene inventiva, alerta, atenta. Es efervescencia, vida pura, ritmos, estímulos. Me alienta mucho en el momento de crear. Encontré acá un lugar donde poder desarrollarme. Con amigos creamos la obra “Con el rumor del paisaje”, que habla del viaje, de Buenos Aires, de su gente. Disfruto mucho actuar acá. Todos los viernes la respuesta es diferente. El público es generoso, abierto. Si les gustó la obra te vienen a abrazar. Acá la humanidad es palpable, maravillosa.

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