José Ignacio – entre la bohemia y las inversiones millonarias



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In: Turismo

6May2011


En la costa uruguaya sobre el Océano Atlántico, un pueblo balneario atrae a celebridades y extranjeros de alto poder adquisitivo que pagan millones por una fracción de entorno natural bohemio pero ultra chic, que los primeros llegados se empecinan en preservar.

En los últimos diez años, José Ignacio -180 km al este de Montevideo– se convirtió en refugio alternativo del jet set de la región que quería escapar al bullicio del exclusivo balnearioPunta del Este“, distante a 40 kilómetros.

La cantante colombiana Shakira, el productor televisivo argentino Marcelo Tinelli, la magnate argentina Amalia Fortabat o la actriz francesa Dominique Sanda poseen propiedades en la zona, que este verano recibió como visitantes, entre otros, al hijo de la princesa Carolina de Mónaco y al guitarrista de los Rolling Stones Ron Wood.

La crisis económica mundial no ha llegado a este rincón de Sudamérica. En 2010, la compra de inmuebles en Punta del Este aumentó 53,2%, según datos de la Intendencia de Maldonado. Y el mayor crecimiento se dio en la zona rural -que alberga las “chacras” (haciendas) de celebridades y que incluye a José Ignacio- donde el incremento fue de 157,8%, para totalizar 263,6 millones de dólares.

“La tendencia a la valorización ha ido en aumento, incluso con la crisis financiera de 2008 los precios siguieron en alza”, dijo a la AFP David Gasparri, socio de la inmobiliaria Antonio Mieres.

Un terreno de 810 metros cuadrados en el casco histórico de José Ignacio, sin edificar, cuesta como mínimo 500.000 dólares, aunque la cifra puede duplicarse o triplicarse si está frente al mar. En el caso de las chacras marítimas, de unas cinco hectáreas y a no menos de dos kilómetros de la costa, solo el terreno puede llegar al millón de dólares.

El 70% de los compradores son argentinos -la mayor parte de los turistas que llegan cada año al país- y el resto europeos o norteamericanos, atraídos por una combinación de naturaleza, playa y gastronomía de calidad.

“Esto es un paraíso. La noche es más pacífica, vivís más la naturaleza, los chicos pueden salir a andar en bicicleta, van solos a la playa, te relajás más”, explicó un empresario argentino de 43 años, que no quiso identificarse y que compró el año pasado una coqueta casa blanca frente al mar.

Es uno de los tantos que no dudó en desembolsar una suma millonaria para veranear en un pueblo con calles de tierra y carteles artesanales pero donde no falta el confort, ninguna casa es igual a otra y sobresalen emprendimientos como Playa Vik, residencia de lujo de un multimillonario noruego inaugurada en diciembre de 2010 y que recibe a los turistas que puedan pagarlo.

Este conjunto de residencias diseñado por el arquitecto vanguardista Carlos Ott combina habitaciones pintadas enteramente por artistas con la autosustentabilidad, algo que Vik ya había ensayado en un lujoso hotel de campo que posee en la zona.

El diseño de la casa principal -un imponente cubo de titanio y vidrio que rompe con el paisaje- despertó polémica a lo que Agustín Leone, gerente general del hotel de campo Vik, responde: “Es un emprendimiento que ayuda enormemente al posicionamiento de José Ignacio como destino internacional, es la única propiedad de alto lujo que hay”.

Las autoridades del pueblo, en tanto, luchan para controlar el crecimiento del lugar.

Desde 1993 rige una ordenanza que permite solo la construcción de viviendas unifamiliares, de no más de siete metros de altura, y delimita la pequeña zona comercial. Los hoteles y las discotecas están explícitamente prohibidos y para realizar una fiesta hay que pedir permiso.

“Queríamos un lugar familiar, que la gente venga porque le gusta la playa, el sonido del viento, el romper de las olas”, explicó Javier Ruibal, directivo de la Liga de Fomento del Faro de José Ignacio.

“Que sea un polo gastronómico, donde la gente venga a pasar el día y a la noche vuelva a ser un pueblito tranquilo”, añadió, reconociendo que “lo que justamente hace valer” el lugar es el respeto de estas normas.

Los pobladores originarios, sin embargo, no ven con buenos ojos los cambios. Eduardo Techera nació hace 51 años en José Ignacio y hace seis que abandonó el centro para instalarse en la zona rural aledaña.

“Desde el punto de vista económico el cambio es muy bueno, pero a mí no me agrada para nada. No me gusta el José Ignacio de la montonera de coches, del desespero y la locura, me gusta el de la paz y tranquilidad”, aseguró.

Unas 800 personas llegan cada año a veranear al centro del pueblo, donde el resto del año apenas 30 disfrutan en exclusiva de la consigna escrita en la plaza principal: “Aquí solo corre el viento”.

Nota original en Turismo54.com

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