La masacre de Napalpí



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19Jul2011


El 19 de julio se cumplen 84 años de una de las peores masacres en la historia de Argentina. Se trata del asesinato de indígenas en el Chaco, en la “Reducción de Indios de Napalpí”, donde perdieron la vida unos 200 indígenas.

Muchas comunidades indígenas han creído en una edad futura, en una especie de milenarismo, donde es tiempo por venir será perfecto, donde podrán renovar integralmente su forma de vida, y superar las desgracias del presente. Fueron muchas las comunidades que tuvieron este sueño, luego de cientos de años sometidos al conquistador europeo.

Aprovechando esas ideas milenaristas, surgieron muchos movimientos mesiánicos, en los cuales un héroe, o mensajero divino, tendría la misión de instaurar una sociedad perfecta. La región chaqueña de Argentina no quedó al margen de estos procesos, y entre 1924 y 1937 se desarrollaron tres movimientos que tuvieron dos características: por un lado recuperar los valores comunitarios tradicionales y por el otro una expresión organizada de una resistencia indígena frente a la opresión de la sociedad nacional argentina de aquel entonces.

El primero de esos movimientos surgió en 1924 dentro de la hoy llamada Colonia Aborigen Napalpí, que había sido fundada en 1911 como “Reducción de Indios de Napalpí”. Allí vivían diversos grupos indígenas tobas, que convivían con grupos de mocovíes, sin integrarse, ya que existía una vieja hostilidad tribal.

Allí se empleaba a los indígenas en tareas de explotación forestal, y también se ocupaban de las tierras de los colonos de las inmediaciones. Algunos grupos familiares tenían sus propios huertos, pero no mucho. También cultivaban algodón. El Estado les había dado las tierras en “carácter de ocupantes a título precario”, pero para 1924 les exigió que entregasen el 15% de su cosecha algodonera.

Esto puede haber sido la gota que rebalsó el vaso, ya que venían con problemas crecimiento demográfico, y el gobierno no los dejaba ir a vivir a otros sitios. Vivían realmente hacinados. Al mismo tiempo resurgían practicas tradicionales vinculadas con el chamanismo y las jefaturas.

Los jefes chamanes fueron los que encabezaron la revuelta, destacándose el mocoví Pedro Maidana, y los tobas José Machado Dionisio Gómez. El primero, jefe organizador y los otros dos jefes carismáticos o líderes chamánicos.

Estos jefes hacían hincapié en la próxima resurrección de los muertos indígenas, Dionicio decía que “iba a resucitar a todos los que habían sido mal muertos por los cristianos”. Todos los indígenas que unieron a la revuelta, incluso algunos criollos explotados se unieron también.

Las hostilidades comenzaron en mayo de 1924, cuando los indígenas atacaron cultivos de colonos y mataron algunos animales. En seguida corrió la voz de que los indígenas se estaban armando, incluso la prensa local tildó de “fanáticos” a los líderes y advertían sobre “trincheras de troncos” que estaban construyendo.

Viendo lo que ocurría, el gobernador Centeno se dirigió al campamento de Aguará, sede del foco rebelde, y allí se entrevistó con los jefes, esto fue el 19 de mayo.

Las conversaciones no sirvieron de mucho, ya que el movimiento no cejó. Los colonos pedían represión. La tensión desbordaba, y murió un chamán llamado Sorai en circunstancias confusas, a mano de la policía, luego un colono francés, tal vez en venganza. Todo hacía temer un enfrentamiento.

Los indígenas se reagruparon en la colonia, y los colonos abandonaron las inmediaciones en una autoevacuación. Y todo ocurrió muy rápido, ya que ante la reagrupación de las fuerzas del gobernador Centeno, los indígenas se volvieron a atrincherar en Aguará. Pero hay que aclarar que jamás estuvieron armados, los indígenas, ni tampoco tuvieron algún plan de atacar a las fuerzas nacionales. Ellos sólo estaban protestando ante su situación, y buscaban llegar a ese estado ideal futuro.

Pero al amanecer del 19 de julio, unos 130 hombres fuertemente armados, rodearon el campamento indígena. Estos últimos los esperaban bailando, en la creencia de que las balas no les harían nada. No hubo resistencia alguna. Ellos sólo esperaron, esperaron al fusilamiento, ya que eso fue lo que ocurrió. Mataron a hombres, mujeres y niños. Se dispararon cinco mil tiros durante 45 minutos. U masacre sangrienta que incluyo extracción de testículos, penes y orejas de entre los muertos:

“…les extraían el miembro viril con testículos y todo, que guardaba la canalla como trofeo… esos tristes trofeos hasta fueron exhibidos luego, haciendo alarde de la guapeza en la comisaría… para completar el tétrico cuadro, la policía puso fuego a los toldos, los cadáveres fueron enterrados en fosas algunos quemados”, del diario de sesiones de la Cámara de Diputados, 1924.

Unos 200 indígenas perdieron la vida en semejante masacre, los sobrevivientes fueron perseguidos durante mucho tiempo. La realidad es que la masacre no sólo fue fruto e la violencia con que se solía tratar a los indígenas, sino culpa de la prensa que inventaron

Fuentes

Martinez Sorazola, Carlos. Nuestros paisanos los indios. Buenos Aires, 1992.

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