El Tempe Argentino – Capitulo III



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In: Literatura

10Oct2011


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Capitulo III

El rio Paraná, el Nilo del Nuevo Mundo, llamado por algunos el Misisipi de la América del Sud, ha recibido como éste, de los aborígenes, un nombre que expresa su amplitud y magnificencia. Paraná en la lengua guarani, significa padre de la mar, y Misisipi, en la de los Natchez, padre de las aguas. No parece sino que esos dos pueblos indígenas, de los opuestos continentes hubieran sentido la misma impresión de asombro, al contemplar por primera vez sus grandiosos ríos, para significarla con palabras que en su respectivo idioma exprimen el mismo pensamiento.

                             

Para formarse una idea clara del gran Paraná, seria necesario comprender en su conjunto el vasto sistema fluvial de que él forma el cauce mayor, e inventar un nombre que conviniese a ese gran todo. Por falta de esa palabra, los geógrafos denominan ya río Paraná, ya río Paraguay, ya río de la Plata, la cuenca principal de esas aguas.

Figuraos un árbol desmesurado, tendido sobre una vasta llanura. Su pie es bañado por las aguas del océano Atlántico del Sud a los 36º de latitud. Con una prolongación de seiscientas leguas, las extremidades de sus ramas alcanzan a los 13°, penetrando en Bolivia, en el Brasil, en el Estado Oriental del Uruguay, en todo el norte de la República Argentina, y entrelazándose con las vertientes del caudaloso Amazonas.

Su dilatada copa, tan ancha como elevada, abraza en todas su ramificaciones una superficie de ciento ochenta mil leguas cuadradas, que encierra los territorios más ricos y los mejores climas de la tierra.

Su tronco de sólo cincuenta leguas de elevación y de base desproporcionada, mide sesenta leguas de anchura en su unión con el mar, y diez en su primera bifurcación formada por sus dos mayores brazos, el río Uruguay y el río Paraná, los cuales tienen por ramas secundarias numerosos tributarios, tan caudalosos como los mayores ríos de Europa.

El Paraná, que es la continuación del tronco, forma con el Paraguay la segunda gran bifurcación, recibiéndole a la altura de trescientas leguas, frente a la ciudad de Corrientes.

El río Paraguay, a la manera del Misuri norteamericano, al unirse al Paraná, parece una prolongación de éste: por la identidad de dirección y su copioso caudal; con todo eso, su concurrente es el que ha participado del nombre del principal, porque como éste, se dilata por entre innumerables islas. Así también el Misuri, aunque mayor que su confluente el Misisipí, no ha recibido el nombre del que le debe la mayor parte de sus aguas.

El río Paraguay atraviesa, de norte a sud, los ricos territorios brasileros de Matto Groso y Cuyubá. Sus numerosos afluentes navegables que bajan del este, facilitan la comunicación con los distritos minerales de oro y diamantes del Brasil, y más abajo con los de la República Paraguaya, abundante en maderas preciosas y en los ricos productos intertropicales.

Sus mayores afluentes del oeste son el Pilcomayo y el Bermejo, que nacen de los Andes, corriendo el primero por el territorio boliviano y el segundo por el argentino y atravesando ambos la vasta extensión del Gran Chaco, desaguan en el río Paraguay, más abajo de la ciudad de la Asunción.

El gran río Paraná, que rivaliza en extensión con su afluente el Paraguay, tiene su origen en la Sierra do Espinazo, de riquísimas minas de diamantes, al N. O. del Río de Janeiro, y su dirección general es hacia el S. O. Es engrosado por varios grandes ríos que recibe del este entre los cuales los más notables son el río Grande o Para, el Tieté, el Paraná-Pane y el Curitibá.

En las fértiles llanuras que atraviesa el Paraná es donde florecieron las célebres Misiones de los Guaraníes, establecidas por los Jesuítas.

Mientras corre por los distritos montañosos del Brasil, no es navegable, a causa de sus muchas cascadas y saltos que están más arriba de los pueblos de Misiones, especialmente una llamada el Salto Grande o de Guaira, que merece mención especial, porque es una de las maravillas que dan celebridad a nuestro río.

El Salto de Guaira está cerca del trópico de Capricornio en los 24°. “Es una catarata espantosa, digna de ser descrita por los poetas. El Paraná, que en este paraje puede decirse que está en los principios de su curso, tiene ya más agua que una multitud de los mayores ríos de Europa reunidos. Poco antes de precipitarse tiene cerca de una legua de ancho con mucho fondo. Esta enorme anchura, se reduce de pronto á sesenta varas en un paso peñascoso desde el cual se arroja con tremenda impetuosidad y atronador estrépito, por un plano inclinado de una altura perpendicular de veinte varas.

El ruido se oye de seis leguas, y al aproximarse se cree sentir temblar bajo los pies las rocas de la proximidad. Los vapores que se elevan por el choque violento de las aguas contra las puntas de los peñascos que hallan en las paredes y el cauce del precipicio, se ven a la distancia de muchas leguas como reduce de pronto á sesenta varas en un paso peñascoso desde el cual se arroja con tremenda impetuosidad y atronador estrépito, por un plano inclinado de una altura perpendicular de veinte varas.

El ruido se oye de seis leguas, y al aproximarse se cree sentir temblar bajo los pies las rocas de la proximidad. Los vapores que se elevan por el choque violento de las aguas contra las puntas de los peñascos que hallan en las paredes y el cauce del precipicio, se ven a la distancia de muchas leguas como grandes columnas de humo; y de cerca forman a los rayos del sol diferentes arcoiris de los más vivos colores y en los que se percibe algún movimiento de temblor; además estos vapores producen una lluvia eterna en los alrededores”. “A la inmediación de la catarata el aire está siempre tenebroso; su estruendo causa espanto a las aves, pues en los dilatados y espesos bosques de sus orillas no se ve pájaro alguno y todos los animales huyen despavoridos de aquellos sitios”.

Si la parte superior del Paraná es de una sublimidad imponente, si es impracticable por la multitud de sus cascadas y arrecifes; en el resto de su curso ofrece el carácter opuesto, por su hondura, su silencio, su mansedumbre y la belleza de su lecho sembrado de islas cubiertas de naranjos, de palmeras y una gran variedad de árboles, arbustos y plantas desconocidas.

¡Quién pudiera abrazar de una mirada todo el conjunto de hermosura, majestad y grandeza del Paraná incomparable! ¡Quién tuviera las alas del cóndor para contemplar desde las nubes, esa inmensa balsa de aguas serenas que reflejan el más hermoso de los cielos, con ese archipiélago prodigioso de innumerables islas de variedad indescribible! Aparecieran aquellos grupos de verdor, profusamente esparcidos por la planicie cerúlea de las aguas, cual colosales cestas de flores y frutas, destinadas a decorar el festín del pueblo venturoso.

¿A qué compararé el río espléndido? ¿Cómo describiré el más grandioso de los ríos? Su aspecto es majestuoso, dilatado su álveo, suave su corriente. Los altos buques desplegan su velamen y surcan libremente por su canal profunda y anchurosa. Extiéndese con sus afluentes caudalosos por miles de leguas sin obstáculos, brindando á la industria y al comercio inmensas regiones, las más salubres y fértiles del globo, donde algunos pueblos nacientes destinadas a decorar el festín del pueblo venturoso que algún día ha de gozar ¡oh patria hermosa! de tus gracias virginales.

Aun el maravilloso Nilo, árbitro de la existencia de Egipto, al lado del Paraná quedaría oscurecido. Este como aquél, cada año se espacia por extensas llanuras, aunque la fecundidad que producen sus crecientes es un lujo de la naturaleza, perdido para el hombre en medio de las vastas comarcas que atraviesa, y de las dilatadas y numerosas islas que riega y fecundiza. Sus dichosos habitantes, tan reducidos en número, no disfrutan sino de una porción imperceptible de tantas y tan variadas producciones espontáneas.

Si se emplearan el arte y el trabajo, serían incalculables los beneficios del cultivo de más de cuatro mil leguas cuadradas, abonadas periódicamente por sus aguas.

El Paraná, como el Nilo, se divide en muchos brazos al vaciar sus aguas, y ambos tienen su embocadura en iguales latitudes, aunque en opuestas direcciones.

Su inundación como la del Nilo, se efectúa en la estación de las lluvias tropicales; no con la violencia de las avenidas de otros ríos, sino por una lenta gradación; de modo que, aunque se eleve muchos pies sobre algunas tierras, los árboles asoman ilesos sus copas por encima de las aguas, cediendo blandamente su follaje á los halagos de la mansa corriente, y todas las islas sumergidas, reaparecen en la bajante con mayor belleza y lozanía.

En un suelo tan ricamente abonado por el paso de las aguas y el detrito de las plantas, la labor se reduce a reprimir la exuberante vegetación de aquella esponjosa mezcla de lino y de mantillo.

¿Y como se han de equiparar las aguas turbias y cenagosas del Nilo con las del Paraná, tan saludables y tan puras? Aquéllas, antes de la creciente se ven casi agotadas e impotables, cuando los cristales del Paraná son siempre copiosos, puros y exquisitos.

¿Ni cómo puede compararse este clima templado y sano, con el caluroso y mortífero de la región del Nilo? El simún, viento abrasador y ponzoñoso, viene cada año a difundir el terror y la muerte por las llanuras del Egipto, cubriéndolas de inmensos turbiones de arenas ardientes y de miasmas perniciosos que agostan los plantíos y arrebatan la existencia a hombres y animales.

¡Paraná incomparable! tus escenas son siempre risueñas y de vida, tu verdor es eterno, las lluvias, a la par de las crecientes perpetúan la frondosidad de tus riberas y tus islas; nunca empaña el polvo el esmalte de sus frondas ni el brillante colorido de sus flores y sus frutos: jamás el huracán turbó la paz de tus florestas; y si el pampero impetuoso pero benéfico, agita con violencia las ondas del Plata indefenso, apenas frisa tus canales protegidos por la espesura de tus islas, y sólo esparce el bien en tus dominios, depurando los más ocultos senos de tus bosques.

No solamente es admirable el Paraná por lo extenso de su curso, la mole y excelencia de sus aguas, la profundidad y limpieza de su cauce, lo feraz y salubérrimo de sus islas y riberas, la profusión de sus producciones naturales, la benignidad de su temple, y sus inundaciones periódicas, sino también por tantos afluentes navegables que concurren con el Uruguay y sus tributarios a formar el magnífico estuario del río de la Plata, ofreciendo a la navegación y a la agricultura el más vasto y grandioso sistema de canalización e irrigación, que pueda concebir la mente humana.

Inmensas soledades, ríos caudalosos, bosques interminables, dilatadas pampas, valles donde rebosa la abundancia, montañas henchidas de tesoros… Las más importantes regiones del continente sud-americano todavía están por habitarse; sus más feraces tierras sin cultivarse; sus mayores riquezas aun están por explotarse.

La nueva tierra de promisión, destinada acaso por el Omnipotente, para el asilo de la libertad y de la dicha ¿será la conquista de la iniquidad y de la fuerza? ¿o el apanaje de la moralidad y la inteligencia? ¿Para quiénes estará reservada después de tantos miles de años?

Tres centurias hace que en medio de este oasis del mundo nuevo, se agita un pueblo valiente y hospitalario, a quien está encomendada su guarda hasta la realización de los altos destinos de esta porción privilegiada de la herencia humana.

Continua en el Capitulo IV

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